➤En esta oportunidad cedemos este espacio como director del blog, para publicar un interesante opinión de la redacción de LimaGris sobre un personaje que viene siendo un síntoma alarmante de la degradación moral y la normalización de la desvergüenza en la política peruana actual:
Hay personajes que encarnan, con una exactitud casi grotesca, la decadencia de un oficio noble. Elio Riera, abogado de ocasión y vocero político de Alianza para el Progreso (APP), es uno de ellos. Su reciente suspensión por el Poder Judicial no es un episodio aislado ni una exageración burocrática: es la confirmación de un itinerario marcado por la falsedad, el oportunismo y la renuncia sistemática a la ética.
En una audiencia judicial, Riera decidió hacer lo que parece ser su costumbre: mentir. Alegó que el juez había cerrado el caso de manera intempestiva y que no se había dado traslado a las partes procesales. Era falso. El registro de la audiencia lo desnudó sin piedad: ni había pedido la palabra, ni había sido víctima de atropello alguno. Su estrategia fue clara y vulgar: deformar la realidad para victimizarse, insinuar parcialidad donde no la había, embarrar la cancha con falsificaciones verbales. Y, cuando lo confrontaron, no rectificó con dignidad; se lanzó a una recusación tan endeble que el tribunal la calificó de “temeraria”.
El castigo fue ejemplar: tres meses de inhabilitación, multa y la inscripción de la sanción en el Colegio de Abogados de Lima. Una sentencia que recuerda lo obvio: la abogacía no es un mercado de triquiñuelas, sino un compromiso con la verdad. Y, sin embargo, qué difícil resulta convencer a ciertos personajes de que la mentira no es un derecho adquirido.
Lo grave de este episodio es que Riera no es un desconocido. Es portavoz de un partido político que pretende gobernar el país, y su voz, cargada de impostura, habla en nombre de otros. ¿Cómo puede un partido que se dice moderno y transparente tener como vocero a un abogado suspendido por quebrantar el principio más elemental de la profesión? No se trata de un descuido, sino de una complicidad. Porque aceptar a Riera en esa posición es aceptar su estilo: la desvergüenza convertida en método, la falsedad elevada a estrategia política.
Su trayectoria, por lo demás, confirma que no estamos ante un error aislado. Riera ya había sido noticia por anunciar la muerte de Alberto Fujimori sin autorización de la familia, con una mezcla de prisa, morbo y oportunismo que dejó perplejos incluso a los más indulgentes. También fue protagonista de desplantes mediáticos que rayaron en la farsa. El abogado que ahora clama ser víctima de injusticia lleva tiempo cultivando un perfil que oscila entre el show y la impostura.
Lo que indigna no es solo la falsedad, sino la impunidad moral con que se practica. Porque en el Perú la mentira ha dejado de ser un desliz: es un hábito tolerado, un recurso estratégico, un arma de ascenso político. Y Riera es la caricatura perfecta de esa cultura: un hombre que miente en tribunales, que manipula la opinión pública y que convierte la ética en un obstáculo molesto.
El Poder Judicial ha hecho bien en suspenderlo. Pero la sanción no basta. Lo urgente es que la opinión pública entienda lo que este caso revela: la lenta pero firme degradación de la vida profesional y política en el país. Que un abogado con semejante prontuario se alce como voz oficial de un partido debería provocar indignación, no indiferencia.
Elio Riera es un síntoma. El síntoma de que el Perú se ha acostumbrado demasiado a la desvergüenza. Y lo terrible es que, mientras no reaccionemos, abogados de su calaña seguirán medrando en la sombra, disfrazando de justicia lo que no es más que falsedad, disfrazando de política lo que no es más que impostura.
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